DESCUBRE ARAGÓN
 
SIGLO XVIII
 

El testamento de Carlos II, que moría en 1700 sin descendencia, suponía la entronización en la Corona de Castilla y en la Corona de Aragón de la dinastía francesa de los Borbones. Felipe V (IV de Aragón) fue reconocido como soberano en los diferentes reinos peninsulares, sin embargo, primero Cataluña, más tarde Valencia y Mallorca, y por último Aragón (junio de 1706) abandonaron al rey borbónico y se pasaron al bando del archiduque. Era la guerra de Sucesión.

Entre junio de 1706 y mayo de 1707 buena parte de Aragón fue contrario a los Borbones, aunque esta postura no fue unánime en todos los lugares del reino ni entre todas sus habitantes. La entrada del felipista duque de Orleans en Zaragoza (26 de mayo) restauró en esta ciudad el orden borbónico. Un mes más tarde, el 29 de junio de 1707, Felipe V daba los decretos de Nueva Planta aunque, por la situación bélica que proseguía, apenas tuvieron repercusión.

En el verano de 1710 la reacción del archiduque Carlos cambió de nuevo la situación hasta que en diciembre de ese año Felipe de Anjou consiguió imponerse definitivamente en Aragón. Ahora sí iba a poder aplicarse la nueva organización en Aragón que terminaba como reino con sus leyes e instituciones particulares. Era el fin del reino de Aragón que a partir de ese momento quedó gobernado bajo las leyes castellanas.

Los decretos de Nueva Planta supusieron grandísimos cambios ya que desaparecieron de un plumazo los organismos privativos de Aragón: las Cortes, la Diputación del reino, el Justicia y su tribunal, ... el Consejo de Aragón fue incorporado a Castilla, se implantó una nueva división administrativa con trece corregimientos, se reformó el sistema de nombramiento de cargos, etc. etc. Aragón entraba desde ese momento en la vía de la uniformidad castellana. Un tiempo después, sin embargo, Felipe V permitía que en la recién creada Audiencia pudieran aplicarse las leyes de Aragón en la sala de lo civil, aunque en la de lo criminal sólo podía regir el derecho penal castellano. Se devolvía, por tanto, una parte del Derecho, aunque sin posibilidades de renovarlo y adaptarlo al transcurso del tiempo al haber desaparecido las Cortes de Aragón. A partir de ese momento la centralización y la uniformización se impusieron en la mayor parte de lo que llegaría a ser España.

 
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